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Del Temachtiani, al maestro

Por: Heidy Wagner Laclette.

 

El estudio de nuestro pasado, de la época prehispánica en particular, siempre resulta interesante y nos sorprende, no obstante la limitante de contar con escasas fuentes precolombinas, ya que la mayor parte de ellas fueron destruidas por los conquistadores, desapareciendo así información relevante para una mejor comprensión y explicación de ese periodo histórico; sin embargo, subsisten códices y monumentos, que complementados con las fuentes postcolombinas nos permiten explorar y conocer ese México antiguo.

 

En este sentido, y con motivo de la celebración del Día del Maestro, hoy abordamos el tema de la educación, este concepto en los mexicas ocupaba un lugar muy importante, ésta iniciaba en el hogar, a cargo de los padres y continuaba en instituciones públicas a partir de la adolescencia. La educación tenía como propósito fundamental formar la personalidad del individuo, la cual en lengua náhuatl se expresaba in ixtli, in yollotl “alcanzar el rostro y el corazón”.

 

El Temachtiani, el maestro, el sabio, era aquel que lograba, como consecuencia de su tarea educativa, hacer sabios los rostros ajenos, les abre los ojos, los ilumina. Pero para llegar a ser sabio, maestro de la verdad, debía tener una cara, un rostro; haber abierto los oídos para iluminar a los demás, haber recorrido el camino para después formar guías y darles su propio camino. El maestro tiene que mirarse en el espejo, para después ponerlo delante de los otros, tiene que ser primero sensato y cuidadoso, para que los demás lo sean también, y así aparezca en ellos una cara y se fortalezca un corazón.

 

De tal suerte que la educación mexica constaba de dos etapas: hasta los catorce años era educado en el seno familiar y posteriormente en instituciones oficiales; la educación doméstica era dura y austera, el padre tenía a su cargo la educación del hijo, y la madre la de la hija.

 

La educación pública se llevaba a cabo en el Calmecac, un internado para lo hijos de los nobles por lo que entre los diez y los quince años aproximadamente, hombres y mujeres, del grupo social privilegiado, ingresaban a este sistema escolarizado, eran escuelas vinculadas con el sacerdocio, y el Telpochcalli (casa de los jóvenes).

 

Ahora bien, la enseñanza formal impartida de forma estructurada en salones de clases o en espacios cerrados, con mobiliario específico, libros y división por grupos, comenzó a generalizarse en México a finales del siglo XIX, específicamente durante el Porfiriato (1876-1911).

 

Fue a finales del Siglo XIX cuando los intelectuales y pedagogos comenzaron a transformar los espacios educativos. En esta época se implementaron las primeras escuelas formales. Los salones pasaron por primera vez a estar equipados con pupitres, pizarrones y material didáctico. Además, los higienistas y médicos de la época exigieron que los espacios fueran amplios y ventilados, marcando una distancia mínima entre alumno y alumno para evitar epidemias.

 

En el periodo de los años 20 y 30, época en que se registró la creación de la SEP y Escuelas Rurales. Tras la Revolución Mexicana, la recién creada Secretaría de Educación Pública (SEP) en 1921 impulsó el acceso a la educación pública.

 

Durante esta década se popularizaron las escuelas formales para las clases medias urbanas, mientras que en las zonas rurales las clases a menudo se impartían al aire libre, en jacalones o bajo los árboles, dado que el objetivo era alfabetizar a la comunidad.

 

A mediados del Siglo XX, de 1940-1960, en estas décadas se vivió una expansión educativa sin precedentes en el país. Se construyeron los modelos de escuelas cívicas que aún existen en gran parte del territorio nacional y se implementaron programas como las tele aulas para expandir la educación a las comunidades más apartadas y marginadas.

 

Es importante decir que los antiguos maestros además de basar su enseñanza en la memorización y la disciplina. Sus herramientas principales incluían la pizarra generalmente de color negro y tizas hechas de yeso para exponer, papel, tinta, utilizaban estilográficas o plumas de ave y tinteros; libros y objetos físicos de castigo o refuerzo de la postura, como las reglas de madera; en épocas más recientes, utilizaban el mimeógrafo, una máquina que transfería texto a varias hojas mediante plantillas y tinta; carteles de papel que se colgaban en las paredes para enseñar anatomía, historia, geografía o ciencias naturales.

 

El ábaco, utilizado en las primeras etapas para enseñar matemáticas básicas y conteo. La enseñanza antigua se caracterizaba por un modelo de autoridad estricta. Para mantener el orden, se valían de reglas y palmetas. Elementos físicos donde se obligaba al estudiante a permanecer de rodillas sobre granos de maíz o a sostener libros pesados con los brazos extendidos.

 

Como métodos de evaluación, se usaban cuadernos con márgenes donde los alumnos realizaban planas y ejercicio, uso de cuadernos de doble raya o cuadrícula era obligatorio para perfeccionar la escritura a mano con pluma.

 

La buena ortografía y la caligrafía eran estrictamente obligatorias y fundamentales en la enseñanza del México antiguo (durante la época virreinal y gran parte de los siglos XIX y XX). El papel de los maestros era el de guardianes de la norma, y los castigos por errores eran severos.

 

En la escuela tradicional mexicana, los maestros basaban el aprendizaje en planas interminables, dictados rigurosos y la memorización de las reglas de la Real Academia Española (RAE). De tal suerte que en las evaluaciones de español, una falta de ortografía restaba puntos drásticamente, lo que reflejaba la importancia de la perfección escrita. La letra no solo debía ser entendible, sino estéticamente perfecta; la caligrafía formaba parte central del respeto y la disciplina escolar.

 

Entre los siglos XVI y XVII, existió lo que los lingüistas llaman un “caos ortográfico”. Durante la Colonia, los españoles utilizaban la letra “x” para representar sonidos del náhuatl (como en México, Xalapa o Xochimilco). Cuando la RAE intentó estandarizar el idioma en el siglo XIX, sugirió cambiar esas “x” por la “j”.

 

Sin embargo, México decidió mantener su identidad y conservar la “x” en su nombre, lo que demuestra que la norma también tuvo adaptaciones locales. En la actualidad, si bien los errores se toleran más y la tecnología ha cambiado la forma en que escribimos, la buena ortografía sigue siendo una herramienta vital en la formación docente en México, ya que se espera que los profesores sean el modelo a seguir para sus estudiantes

 

En síntesis, la enseñanza antigua era memorística y centrada en el profesor, quien dictaba la lección. En contraste, la educación actual es activa y centrada en el estudiante, promoviendo el pensamiento crítico, la resolución de problemas y el aprendizaje colaborativo. ¡Feliz Día del Maestro!.

 

Heidy Wagner Laclette,

Cronista Honoraria del Municipio de Cadereyta de Montes.