El Patolli o patli es uno de los juegos de mesa más antiguos y populares de América prehispánica, era practicado por los antiguos mexicanos.
Hablamos de uno de los juegos más antiguos, lo jugaban los teotihuacanos (200 a. C. – 1000 d. C.), toltecas (750 – 1000 d. C.), los mayas (1100 – 1300 d. C.) y los mexicas (1168 – 1521 d. C.).
El sentido ceremonial deriva de su asociación con la divinidad mexica llamada Macuilxochitl (Cinco Flor, es un nombre calendárico), regente de la música, la danza y los juegos; antes de empezar a jugar, los jugadores lo invocaban y le ofrecían incienso e incluso comida.
Era una actividad político-social ya que incluso los tlahtohqueh lo jugaban contra gobernantes de otros pueblos, apostando las mayores riquezas, como mantas, piedras preciosas o adornos de oro. Era bastante común la existencia de tahúres (apostadores) profesionales.
Ahora bien, el tablero tenía forma de cruz (o una X) dividida en casillas. La mayoría tenían 52 casillas, lo que representa el ciclo de 52 años del calendario azteca, es decir, es el “Xiuhmolpilli” (Rueda calendárica), relacionado con el Fuego Nuevo, así como el “Huehuetiliztli”, ciclo de 104 años, ciclos que realizaban los Mexicas y los Mayas, así como la dualidad que estaba muy ligada a la cosmogonía de las culturas precolombinas.
A manera de dados, se utilizan cinco frijoles o colorines, semillas rojas del árbol Colorín también conocido como Patol (Erythrina coralloides o Erythrina americana), ya fueran unos u otros, los pintaban de blanco por un lado y negro por el otro. El resultado de la tirada dependía de cuántos frijoles caían hacia arriba o hacia abajo. Cada jugador (podían ser de 2 a 4) recibía varias fichas. El objetivo era dar una vuelta completa al tablero y llevar todas sus piezas a la meta.
Se jugaba sobre un pequeño tapete (petlatl, en lengua náhuatl) fabricado con tule, en el cual se dibujaba una cruz, cada brazo tenía un doble camino dividido en casillas, teniendo en total 52. Las líneas de la cruz eran dibujadas con goma de olin (hule), cuando no se disponía de hollín se utilizaban las hojas de calabacitas o una hierba llamada chichicpahtli combinado con tizne de ocote.
Las reglas básicas, consistían en arrojar cinco frijoles o colorines a la zona central del tablero; luego se movían las fichas según los puntos que indicara el dado. Sí caían todos los frijoles del mismo lado, avanzaba el jugador más casillas. En caso que una de las fichas cayera en una casilla donde ya estuviera la de un oponente, era “comida” y el jugador tenía que empezar su recorrido desde el principio.
Históricamente, este juego tenía un gran componente de riesgo, los jugadores apostaban todo tipo de bienes, desde plumas y joyas hasta mantas, ropa, semillas y, en el caso de la nobleza, hasta sus sirvientes o su propia libertad convirtiéndose en esclavos.
Investigando sobre el tema, encontramos únicamente dos descripciones antiguas, una de Fray Bernardino de Sahagún y otra de Fray Diego Durán. Aunque Sahagún presenta dos versiones, una en lengua náhuatl amplia y completa (Códice matritense/Códice florentino); la segunda es la versión en castellano en la Historia General de las Cosas de la Nueva España.
Sin embargo, la explicación de Durán es más entendible, pero a pesar de esto, existen lagunas de significado y procedimientos, por lo que historiográficamente, no hay una descripción completa.
Fray Bernardino de Sahagún, compara el patolli con tres juegos conocidos en su tiempo como “Castro”, “Alquerque” y “Carnicoles”. Otros historiadores coinciden que este tablero es similar a otros juegos también antiguos como el parqués, parchís, parcheesi, pachisi, chaupar, ludo, senet y al tock.
Heidy Wagner Laclette
Cronista Honoraria de Cadereyta de Montes