Para los mexicas (aztecas), la muerte no era un final definitivo ni un terror absoluto, sino una fase de transformación y un rito de paso dentro de un ciclo cósmico.
Más que a la muerte misma, lo que determinaba la angustia o el destino era cómo se moría, ya que esto definía el rumbo del teyolía (el alma o corazón).
La muerte para los mexicas era vista como una necesidad para que se renovase el mundo constantemente. La cosmovisión de los mexicas sostenía que la muerte de las personas, animales, plantas y dioses permitía la creación de nuevos seres vivos y evitaba el envejecimiento del universo, lo que ellos pensaban que llevaba al caos.
Una característica de la visión de la vida y la muerte entre los mexicas es que veían la muerte y el tiempo como procesos cíclicos. Ellos entendían vivir y existir como dos conceptos diferentes, puesto que podías morir, lo que se consideraría dejar de vivir, pero eso generaría nueva existencia.
Es por ello, que no concebían un fin absoluto, puesto que con tu muerte ayudabas a nutrir a la madre-tierra y se creaba un constante ciclo de regeneración. Por lo tanto, era la muerte cíclica lo que evitaba el final apocalíptico del mundo en la cosmovisión mexica. Podrías llegar a morir, pero seguirías existiendo dentro de la madre-tierra.
Para poder entender mejor la visión de la vida y la muerte entre los mexicas debemos hablar de tres mitos: el mito de la Creación del Sol, la Luna y el mito de la Huida de Quetzalcóatl y el mito mexica de la creación de la humanidad.
Lo que sí es cierto es que los mexicas le temían a diversos seres sobrenaturales y entidades nocturnas que personificaban el caos, la enfermedad, la muerte o los peligros de la naturaleza. Según crónicas como las de Fray Bernardino de Sahagún en la Historia general de las cosas de la Nueva España, los principales seres y espectros que aterrizaban al mundo mexica eran:
Lo que representaba el Cihuateteteo, es decir, las almas de las mujeres que morían al dar a luz (consideradas guerreras). Se creía que bajaban a la tierra en ciertos días para atacar a los niños y provocar enfermedades.
También le temían al Ahuízotl, una criatura mitológica con aspecto de perro, cuerpo cubierto de pelo oscuro y una mano humana en la punta de la cola. Vivía en las profundidades del agua y atraía a la gente (o la ahogaba) para devorar sus ojos, uña y dientes. Al Tlacatecolotl representación de los “hombres-búho” o hechiceros nocturnos malignos asociados con la oscuridad, la traición y la desgracia.
Al Youaltepuztli o el “hacha nocturna”, un ente invisible que vagaba por la noche emitiendo sonidos parecidos a los de un hacha golpeando madera, cuyo augurio traía pobreza o muerte a quien lo escuchaba. De igual manera, Cihuacóatl deidad femenina vinculada a la tierra y la fertilidad, pero también a la angustia; su llanto nocturno anunciaba desdichas y es considerada la base mítica de la figura posterior de La Llorona.
Sin duda, los Nahuales (Nāhualli) personas con la capacidad de transformarse por la noche en animales (como el jaguar, el coyote o el búho). Aunque algunos eran guías, a muchos se les temía por usar sus poderes para sembrar miedo o dañar a la gente.
Asimismo al Tezcatlipoca (en sus advocaciones oscuras) por ser el señor de la noche y lo invisible, inspiraba profundo respeto y temor porque podía aparecer en los caminos bajo formas extrañas para poner a prueba el valor de los hombres.
En cuanto a las deidades y monstruos celestiales de terror, se asustaban con las Tzitzimimeh que representaba a deidades monstruosas y esqueléticas descendientes de las estrellas que habitaban en la oscuridad celestial. Los mexicas temían que, durante los eclipses totales de sol o al finalizar los ciclos de 52 años (Fuego Nuevo), las Tzitzimimeh descendieran a la Tierra para devorar a la humanidad y sumir al mundo en un caos eterno.
A la Cihuacóatl (La Mujer Serpiente) que era considerada la madre protectora y a la vez un presagio funesto. Antes de la caída de Tenochtitlán, se le vio vagar por los canales y calles por la noche vestida de blanco, llorando y gritando: «¡Hijitos míos, ya tenemos que irnos lejos!», un lamento que anticipaba la guerra y la destrucción del imperio, y que con los siglos dio origen a la leyenda colonial de La Llorona.
Pero… ¿Dónde y cuándo se aparecían?, los mexicas creían que las 03:00 de la madrugada era el momento de mayor vulnerabilidad, cuando las fronteras entre el mundo de los vivos y el inframundo (Mictlán) se diluían. También consideraban lugares peligrosos, caminar a solas por los bosques, las encrucijadas de los caminos o salir por la noche a las letrinas eran situaciones de alto riesgo donde era común toparse con estas ilusiones y espantos.
Ahora bien, para alejar o protegerse de los malos espíritus, entidades o seres nocturnos (como naguales o deidades del inframundo), los mexicas recurrían a diversos métodos simbólicos, objetos protectores y rituales:
Escudilla con agua y pedernal, colocaban detrás de la puerta de la casa o en el patio un cuenco de barro con agua limpia y una navaja de pedernal u obsidiana dentro. Se creía que el espíritu o brujo al ver reflejada su propia imagen en el agua huía de inmediato.
Usaban copal, quemaban resina de copal en braceros; su humo aromático era considerado sagrado y purificador, capaz de limpiar el ambiente y alejar las energías malignas o presencias oscuras; también colocaban máscaras rituales en las entradas de las casas o las usaban para espantar a los malos espíritus y proteger a los vivos y a los difuntos.
Insultaban a los malos presagios o aves de mal agüero, cuando escuchaban el canto del búho (tecólotl) o la lechuza (asociados a los señores del Mictlán o a mensajeros de la muerte), los antiguos mexicas revertían el mal agüero o ahuyentaban la influencia negativa profiriendo insultos directos contra el ave.
El silbato de la muerte (Whistle), utilizaban silbatos de cerámica con formas especiales (conocidos como silbatos de la muerte mexicas) cuyo sonido penetrante y espeluznante se empleaba en contextos rituales para desorientar, intimidar y ahuyentar malas energías o entidades
Lic. Heidy Wagner Loustalot Laclette
Cronista Honoraria de Cadereyta de Montes