En el México prehispánico (desde el periodo Preclásico hacia el 2500 a.C. hasta el Posclásico), el concepto de “tapón” abarcaba objetos para sellar recipientes o como adornos o accesorios corporales.
Dependiendo de su uso, se utilizaban tapones para vasijas, ánforas y botellas para sellar líquidos, granos y polvos rituales, las culturas mesoamericanas utilizaban tapas de barro o cerámica elaboradas específicamente para ajustarse al cuello de las vasijas, a menudo decoradas o con agarraderas.
También se utilizaban fibras vegetales y hojas, por ejemplo, para sellar ollas o tecomates temporalmente, se usaban hojas prensadas y amarradas con cuerdas.
En cuanto al uso de brea, arcilla o estuco se empleaban como selladores sobre otros tapones orgánicos para hacer los recipientes herméticos. En este sentido podemos hablar también de los tapones (dilatadores) corporales. Los antiguos mexicanos (especialmente en culturas del Occidente de México y el área maya) utilizaban tapones de piedra o barro como ornamentos labiales (tehuatsalli), narigueras y expansores de orejas hechos con obsidiana y piedras semipreciosas.
Hablamos que en estas piezas se tallaban cilindros o “tapones” pulidos (como jade y obsidiana) que se insertaban en lóbulos perforados o en el labio inferior para denotar estatus social. El barro cocido era utilizado para elaboraciones más comunes o en figurillas funerarias.
Las tapas de las bebidas en México evolucionaron desde sellos artesanales de arcilla, corcho y cera, hasta la famosa “corcholata” inventada en 1891. Esta chapa de metal con revestimiento interior de corcho revolucionó la industria del país a principios del siglo XX, permitiendo el transporte masivo de bebidas carbonatadas.
Es decir, la evolución de los sellos y tapas en México incluye el taponamiento original (Época prehispánica y virreinal) época en que las bebidas tradicionales, como el pulque o el aguamiel, se almacenaban en ollas de barro o guajes. Se sellaban temporalmente con tapones de madera, hojas de maíz o trapos amarrados con ixtle.
Con la introducción comercial de vinos, licores y las primeras aguas gaseosas, se generalizó el uso del corcho (siglo XIX) a presión sellado con cera o lacre para garantizar la pureza del líquido.
Respecto al Sistema Codd fue utilizado a principios del siglo XX por algunas embotelladoras mexicanas de la época como Yoli, esta botella tenía una canica en el cuello sellada por la propia presión del gas. El famoso dicho mexicano “se le botó la canica” proviene de este peculiar sistema, cuando la presión se liberaba bruscamente.
A pesar de que el sistema de tapar botellas con canicas dejó de usarse tras la popularización de las corcholatas, el juguete en sí mismo se convirtió en un pilar de la infancia en el país.
Con el paso de los años surgió el nacimiento de la “corcholata” (1903): Cervecería Cuauhtémoc fue pionera en México al sustituir el corcho por el tapón corona (corcholata). Este invento de William Painter consistía en una chapa de metal dentada con un disco de corcho en su interior que evitaba que la bebida tocara el metal.
Durante la década de 1980, el corcho interior de la corcholata fue reemplazado por un revestimiento de plástico (PVC o polietileno), y eventualmente dio paso a las tapas roscables que hoy dominan el mercado.
Heidy Wagner Laclette
Cronista Honoraria de Cadereyta de Montes