En el periodo mesoamericano, el hogar común y los palacios estaban adaptados exclusivamente a sus funciones, se usaban para dormir y protegerse de los elementos de la naturaleza, el templo, sólo se utilizaba para albergar a los dioses.
La temperatura templada invitaba a pasar la mayor parte del día al aire libre, en un espacio rodeado de vegetación o en el gran patio del templo donde se llevaban a cabo las ceremonias religiosas.
También muchas de las actividades cotidianas que hoy se efectúan dentro de las casas, se realizaban al aire, el aseo personal, cocinar, moler, desgranar maíz, tejer o trabajar la orfebrería, cuidar los animales domésticos, etcétera.
El mobiliario de las pequeñas casas y chozas, era ligero y fácilmente transportable de fuera hacia dentro de la casa y se extendía al ras del suelo o era muy bajo. Se sabe que mesas y asientos sólo medían poco más de un palmo de alto. Hacia el año 500 a 600 a.C. aparecen en algunos sitios restos de esteras (pieza tejida, plana y flexible de forma rectangular que se elabora con fibras vegetales u otros materiales) que indican el inicio del tejido y lo que pudiera llamarse mobiliario de esteras, este y el de madera alcanzaron, hacia la época clásica, gran refinamiento y diversidad, en la época posclásica siguieron utilizándose los mismos tipos de enseres.
Los muebles principales eran el petate (petlatl) era una estera tejida con palma o tule que servía como tapete, asiento y cama para dormir. En la época prehispánica, arriba del petate se colocaban mantas o alfombras textiles para suavizar la superficie y protegerse del frío. Dependiendo del clima y del estatus social de la persona, estas mantas podían ser delgadas o gruesas y se confeccionaban entretejidas o acolchadas con plumas de aves y pelo de conejo (un hilo de piel fina conocido en náhuatl como tochómitl).
Estas camas prehispánicas variaban según el rango social –por ejemplo — la nobleza (pipiltin), entre ellos los gobernantes y nobles utilizaban petates más finos colocados sobre bases bajas de madera. Encima añadían lujosas mantas de algodón acolchadas con plumas finas o hilos suaves de pelo de conejo teñido de múltiples colores.
La gente común (macehualtin), es decir, el pueblo solía dormir de manera más humilde, en ocasiones directamente sobre el petate extendido en el suelo de tierra o utilizando mantas más toscas hechas de fibras duras como el ixtle o el maguey. Durante el día, estas mantas y el petate se sacudían, se enrollaban y se recargaban contra la pared para liberar espacio y evitar que absorbieran la humedad del suelo.
Por su parte el icpalli era un pequeño asiento de cuatro patas, a veces con respaldo, precursor de los tradicionales equipales modernos. Estaba reservado para gobernantes, sacerdotes o deidades. Este mueble está representado en el Códice Mendoza (-1541 – 42) como un asiento bajo y plano, tejido de carrizo, con respaldos altos y sin pedestal, cuya posesión era un privilegio; tributo que tenían que entregar los pueblos del reino Tepaneca, conquistados por Itzcóatl.
Según la historia, los equipales eran considerados por las culturas prehispánicas como tronos, asientos dignos de los dioses; materializando su importancia al ser símbolo de poder y testimonio de diferentes estatus sociales, pues estaban reservados para los alcaldes mayores, sacerdotes y caciques, para honrar y destacar a quien se lo merecía. Aparecen descritos también a partir del códice mendocino como asientos bajos y planos, tejidos de carrizo con respaldos altos y sin pedestal, cuya posesión era privilegio de los señores.
Los Huicholes, descendientes de los Nahuas, destacados por conservar su cultura por siglos, continuaron con la antigua tradición de los equipales, taburete con respaldo y brazos, este representaba conforme al mito, la flor de sotol, planta de suma importancia en sus tradiciones y de la cual extraen el aguardiente nativo. Los Aztecas, al conquistar las diferentes regiones de lo que hoy es México, fueron los que nos dejaron la herencia de este mueble, junto con su sentido de importancia.
Además de las cajas y cestos –como es ahora – desde esa época ya los describían como contenedores de madera o tejidos con fibras vegetales para guardar ropa y enseres. En cuanto a lo que se le conocía como banquetas de mampostería o madera estaban construidas en las habitaciones de la nobleza para usarse como base elevada para las camas. Un dato interesante es que los niños pequeños dormían acostados en cunas hechas de madera o carrizo y los bañaban en tinas o tinajas hechas de barro.
Lic. Heidy Wagner Laclette
Cronista Honoraria de Cadereyta de Montes