En México, el uso de ollas de barro para ocultar dinero, monedas de oro o joyas bajo tierra es una práctica tradicional e histórica de la época colonial y postcolonial (como la Revolución Mexicana), así como un elemento común en la arqueología funeraria prehispánica
Particularmente en los tiempos de la Revolución Mexicana y la Cristiada, era muy común que los bandidos asaltaran las haciendas, ranchos, casas y demás, buscando entre otras cosas, las pertenencias de valor como joyas, dinero y oro.
Por lo anterior, los pobladores de diferentes zonas de la República Mexicana, decidieron asegurar su patrimonio, y debido a que también los bancos eran un blanco para los bandidos, decidieron buscar mejores resguardos para sus valores, y que mejor que enterrarlos, en los casos más conocidos y sonados utilizaban ollas de barro o cobre, costales, cajas de madera, etc., ocultándolas en diferentes partes como paredones, pisos, pozos, macetas, zanjas, patios, etc.
En ocasiones los propietarios morían y no contaban con oportunidad de decir a sus familiares o conocidos sobre sus resguardos, y esos valores son los que la gente ha encontrado al paso de los años y de los que se habla más comúnmente en los pueblos que en la ciudad.
De tal suerte que esta costumbre también se vivió en Querétaro, tanto en la Independencia como en la Guerra Cristera y, de manera más común, en la Revolución Mexicana, épocas en que las familias no disponían de bancos seguros para resguardar su patrimonio. Su alternativa más efectiva fue enterrar sus ahorros bajo los pisos de sus casas, en los patios, cerca de árboles viejos o en los gruesos paredones de las haciendas queretanas.
El uso del barro no era casualidad, era un material accesible, resistente a la humedad del subsuelo a mediano plazo y no levantaba sospechas al ser transportado, por ejemplo en el Centro Histórico o en los barrios antiguos de Querétaro, las casonas virreinales y vecindades viejas fueron escenario de hallazgos durante remodelaciones de pisos y muros.
También en San Juan del Río, Tequisquiapan, Huimilpan y Pedro Escobedo, las antiguas haciendas y rancherías fueron saqueadas durante la Revolución, y en los caminos reales e iglesias en ruinas de la sierra gorda los viajeros y arrieros enterraban sus pertenencias ante el acoso de los bandoleros.
Algunos de los mitos que se dicen alrededor de las ollas de oro tienen que ver con el hecho que sí el dinero lo encontraba alguien que no debía se convertía en cenizas. Se comenta que en ocasiones los dueños enterraban varias ollas, unas con oro y otras con cenizas, para que al encontrarlas los ladrones se fueran con el engaño.
Que los que lo robaban se morían, respecto de la muerte del que encontraba el tesoro, se dice que el oro y la plata enterrados generaban con el tiempo un gas que era letal para quien lo respiraba. Que el mismo dueño de la olla una vez muerto enseñaría el camino a encontrar el dinero para la persona que él quisiera, descansando en paz una vez entregado. Se dice también que cuando un tesoro se encuentra cerca, la persona que debe localizarlo va a ver señales que el alma del mismo muerto pondrá en su camino, debiendo estar muy abierto al ambiente, sonidos, clima, olores, etc.
Que se debe llevar un ritual para poder extraer el dinero para que no le haga daño al desenterrador, cuenta la gente, que parte del ritual incluyen llevar un cráneo, huesos de piernas y brazos, poniéndolos de cierta forma para venerar el alma del dueño y que este permita extraer el oro sin problemas.
También se dice que existen espíritus buenos de los dueños que custodian el tesoro, pero también existen seres malignos que están al pendiente de esas riquezas, y se comenta que no se debe despertar a los demonios que lo custodian, ya que pueden traer consigo la desgracia para los desenterradores.
Con el paso del tiempo, todos estos mitos terminaron adhiriéndose a las historias de las ollas de oro, la verdad sólo la conocen los que las enterraron y los que las han llegado a encontrar.
El entierro, es el término más común en el campo mexicano, cuando alguien encuentra fragmentos de una olla vieja de barro bajo el suelo, se dice que descubrió “un entierro”.
Cántaros “acorazonados”, de forma tradicional, los buscadores de tesoros y los relatos de rancho suelen referirse a las ollas de cuerpo ancho y cuello estrecho que se usaban específicamente para este fin como cántaros acorazonados, elegidos por su resistencia a la humedad al ser sellados con cera o lodo
Si bien se refiere formalmente a los fragmentos o pedazos de una vasija de barro rota (del náhuatl tapálcatl), en la cultura popular encontrar “tepalcates” al excavar es la señal inequívoca de que ahí estuvo enterrada una olla con un tesoro.
En síntesis, a partir de la época colonial y consolidándose con fuerza durante la Revolución Mexicana, surgió la verdadera práctica de ocultar monedas de oro, plata y joyas en recipientes de barro bajo tierra.
Lic. Heidy Wagner Laclette
Cronista Municipal de Cadereyta de Montes